A César lo que es de César

Antonio Couceiro ofreciendo la copa a los aficionados | Captura RR.SS. RCD

“Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.” Esta frase, atribuida a Jesucristo según La Biblia (Mateo 22, 15-21), indica la existencia de dos planos. Uno civil y otro religioso. No es mi pretensión teorizar sobre el Imperio Romano ni la religión católica. Solo faltaría. Pero esas palabras, transformadas en refrán popular a través de los siglos, me vienen como anillo al dedo para ejemplificar lo que deseo transmitir.
El sábado, en el descanso del partido que el Deportivo acabó ganándole al Fuenlabrada en Riazor, se realizó el acto oficial de entrega por parte de la Real Federación Española de Futbol de la Copa que el club obtuvo en el año 1912 y, por consiguiente, el reconocimiento de que se trata del séptimo título de la entidad (o el primero según se mire).

La autenticidad de este galardón fue gracias al inconmensurable trabajo del periodista, historiador y escritor Ruben Ventureira. Sin él, nada de esto hubiese sido posible. Miles de horas de investigación, recopilación de datos y contraste de versiones dieron como resultado el libro ‘De la Sala Calvet al título olvidado. Albores del RC Deportivo 1901-1912’, en el que se pueden leer los argumentos esgrimidos por el autor para llegar a la conclusión de que ese trofeo debía transformarse en oficial.
Justo es reconocer, según me cuentan, el interés y afán de la actual directiva (tan criticada por quien esto escribe en lo deportivo) por llevar adelante este proyecto a través de Afundación Obra Social ABANCA, encargada de la financiación y edición del libro, así como también el inmenso aporte de Lois Novo y Gonzalo Giménez, responsables de patrimonio e historia y de protocolo, respectivamente, del Real Club Deportivo, para que los resultados fuesen los deseados.

Hasta aquí todo perfecto. Pero lo que no me cuadró fue la forma en que se llevó a cabo el acto. Entiendo que el encargado de recibir el trofeo haya sido el pluriempleado y actual presidente Antonio Couceiro. Lo que no entiendo es que automáticamente no le haya entregado la Copa a Rubén Ventureira para que fuese él (y los descendientes de los jugadores que la obtuvieron) quienes la ofrendaran al público presente en el estadio.
Sinceramente, me pareció un acto de insensibilidad propio de quienes no acaban de comprender que el mayor patrimonio del Depor es su masa social y sus aficionados. Un club de futbol no es una unidad de negocio empresarial, por más que el propietario sea una entidad financiera. Es otra cosa. Tiene que ver con la pasión de los seres humanos por un deporte. Del amor por unos colores. Un sentimiento inexplicable que trasciende de generación en generación. Y eso, querido lector, no se puede medir con indicadores económicos ni financieros.

Los aficionados son los que mantienen este chiringuito. Y no darle el valor que poseen es mirar hacia un espacio que, con el tiempo, puede transformarse en peligroso para quienes así actúan.
Dicho esto, las fuentes periodísticas de las que suelo beber, me confiesan que Ventureira está muy agradecido con la institución coruñesa por haber apoyado su proyecto y por haberle concedido la medalla de oro y brillantes del club, galardón que igual hubiese recibido cuando cumpliese 50 años de socio.
En fin, sea como sea, la cuestión de fondo es que para mí (como para muchos otros) la persona que durante más de una década movió cielo y tierra persiguiendo un sueño de cuya validez hoy disfrutan miles de deportivistas, no fue distinguida como correspondía por quienes gestionan el club.
A Ventureira le podría decir lo que dijo John Lennon cuando dijo “Podrán decir que soy un soñador, pero no soy el único”. Y a los que gobiernan el club (solo porque han puesto sobre la mesa algo tan irrelevante como es dinero) que en el futuro, como dice La Biblia que dijo Jesucristo, traten de darle “A Cesar lo que es de Cesar”.

PD. Por cierto, enhorabuena por el triunfo ante el Fuenlabrada. A ver si el próximo domingo en Ferrol se repite la victoria, así los gestores se ahorran los ‘cartos’ que implican despedir a Óscar Cano y podemos seguir disfrutando de su acertado modo de ver el eficaz juego de su equipo. Algo que una gran mayoría somos incapaces de ver.